Tenía las tetas afiladas como espinas.
Su coño de plata era una invitación al infierno en primera clase.
Y sus uñas, carentes de piedad, arañaban mi escroto día y noche.
¡Lujuriosa, enloquecedora tortura! Le planté mi polla en el delicioso ojete.
-Rasúrate las nalgas, vaquero- dijo mimosa, estrujándomela entre los pálidos muslos.
-Devórame la entrepierna.
Le pregunté: “¿Dónde están tus modales, pequeña bestia obscena?. Aprende a pedir permiso de armas y las cosas por favor.”
Empujé pero fallé, aquella grandísima zorra olía a sexo
Dejé de empujar, pero no de zurrar sus nalgas y esta vez con más fuerza eyaculé en sus pantis rasgados, sucios de semen fosilizado y flujo viejo.
No me importó comerme después su coño de caramelo.
Sabía a pescado.
Olía a lujuria sudando fuego. Se bebió todo mi caliente néctar blanco sin dejar gota. Deseosa de seguir, escurrió su pelo y acariciándome melosa lamió mi verga, invitándola a un nuevo alzamiento festivo, que no militar. Llegó un momento en que empecé a extenderme.
Y se acabó.
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viernes, 25 de enero de 2008
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